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10/27/11

This is War, a protest poem

This poem was started at a workshop led by Jim Moreno in 2009, published in Da Ruckus Volume One collection in 2010, and performed in 2011 at "Poetic Justice" at Palomar Community College.



THIS IS WAR!

For Jim Moreno

My capital is a foreign country to me
where suits' doublespeak is broadcast across the globe
and touted as some "Straight-Talk Express!" 

My capital is a foreign country to me
where pols preach freedom and endorse torture, 
where tyrants splish-splash
in tubs full of the blood of the poor
dying in their wars!

My capital is a foreign country to me
where the volume of lies renders me
like full blast heavy metal
in Guantanamo Bay prisoners' ears!

My capital is a foreign contry to me
where the world's traffic meets in gridlock
and only the rich advance! 

My capital is foreign country to me, 
where the passport is cynicism!

My capital is a foreign country to me
trampling my civil liberties, taxing me without representation,
issuing corporate-friendly imperatives against me from afar!

It is time for an illegal invasion and occupation,
of rebellion and truth,
executed with armies of the poor and discontent,
supported by private contractors 
named Medea Benjamin, Ralph Nader, and Cindy Sheehan,
blessed by the spirits of Dr. King, Malcolm X, Cesar Chavez, Bobby and Jack, and Frederick Douglass!

Let us be accused of being there for nothing except freedom,
as they are there for oil!






10/20/11

Un movimiento muy grande para caer

Foto: http://bigboyzmusic.com/tag/protests/
 En este urgente, inspirado, y finalmente esperanzador ensayo, el autor Chris Hedges, discurre sobre al actual momento histórico estadunidense a partir del primer triunfo de los ocupadores de Wall Street ante las autoridades de la ciudad de Nueva York, lograr continuar su toma del Parque Zucotti ante el intento por desalojarlos con el pretexto oficialista de “limpiarlo”.

Hedges explica el “fracaso abyecto” de la clase política liberal estadunidense para defender a sus propios principios ante el embate del “estado corporativo” (ese engendro vil de capitalismo desencadenado y estado corrupto) y el gran peligro que signifíca esta caída. Pero a pesar del pantáno en que se encuentra Estados Unidos, y por ende el mundo entero, Hedges insiste enérgicamente en que existe esperanza y formas productivas de resistencia. Éstas, reitera Hedges, dependen en una “reapropiación del lengüaje de la clase de conflictos y de la rebelión” y en unirnos a “los que están en la calle”, a ese “ecléctico grupo de manifestantes”.

Un movimiento muy grande para caer

Publicado originalmente en inglés en el sitio web www.truthdig.org el lunes, 17 de octubre, 2011

Por Chris Hedges

No hay ningún peligro de que los manifestantes que han ocupado plazas y parques a través de la nación en desafío del estado corporativo sean apropiados por el Partido Demócrata o por grupos como MoveOn. Los reformadores liberales falsos, cuyo abyecto fracaso por defender a los derechos de los pobres y la clase obrera, se han enlistado a este movimiento porque temen volverse irrelevantes. Líderes sindicales, que ganan hasta cinco veces más que los salarios de las bases, al mismo tiempo que conceden derechos y prestaciones, saben que los cimientos se están sacudiendo. También lo saben políticos Demócratas como Barack Obama y Nancy Pelosi. E igual la variedad de grupos e instituciones “liberales”, incluyendo a la prensa, que ha trabajado para dirigir a descontentos votantes de nuevo a la ciénaga de la política electoral y para burlarse de los que han pedido profundas reformas estructurales. 

La resistencia, la verdadera resistencia, al estado corporativo fue expuesta cuando un par de mil de manifestantes, agarrando trapeadores y escobas, temprano el viernes por la mañana obligaron a los dueños del Parque Zucotti y a la policía de la Ciudad de Nueva York a retroceder de un propuesto intento de expulsarlos para “limpiar” al predio. En aquél glorioso momento singular estos manifestantes hicieron lo que el tradicional establishment “liberal” continuamente se ha negado a hacer—luchar. Y fue profundamente conmovedor mirar a las ratas corporativas volverse correteados a sus hoyos en Wall Street. Le prestó un significado totalmente nuevo a la frase “muy grande para caer”.

Remendar al estado corporativo no funcionará. O nos hundirémos en el neofeudalismo y el catástrofe ambiental o le arrebatarémos el poder a las manos corporativas. Este mensaje radical, que exige un revés al golpe corporativo, es uno que la élite del poder, incluyéndo a la clase liberal, está desesperadamente intentando de frustrar. Pero la clase liberal ya no tiene credibilidad. Ésta colaboró con grupos de presión corporativos para desatender a los derechos de decenas de millones de estadunidenses, así como de los inocentes de nuestras guerras imperiales. Los liberales no pueden hacer más que como borregos fingir que esto es lo que siempre han querido. Grupos como MoveOn y los trabajadores sindicados se encontrarán sin electores potenciales si no apoyan por lo menos de boquilla a los manifestantes. El arribo de los Teamsters el viernes por la mañana para ayudar a defender al parque señaló una inyección de este nuevo radicalismo a los moribundos sindicatos no una apropiación del movimiento de protesta por el tradicional establishment liberal. En otras palabras, para los jefes sindicales no había de otra. 

El movimiento Occupy Wall Street, como todos los movimientos radicales, ha aniquilado los parámetros políticos. Propone algo nuevo. No hará concesiones a los sistemas corruptos del poder corporativo. Se compromete con deberes morales sin importar el costo. Enfrenta a la autoridad motivado por un sentido de responsabilidad. No le interesan plazas formales de poder. No busca un puesto electoral. No está tratando de sacar la gente a votar. No tiene recursos. No puede cargar maletas llenas de dinero a las oficinas del congreso o gastarse millones de dólares en spots publicitarios. Lo único que puede hacer es pedirnos hacer uso de nuestros cuerpos y voces, frecuentemente ante gran riesgo, para luchar. No tiene ninguna otra forma de desafiar al estado corporativo. Ésta rebelión crea una verdadera comunidad en lugar de una comunidad administrada o virtual. Afirma nuesta dignidad. Permite convertirnos en seres humanos libres e independientes.

Martin Luther King fue repetidamente traicionado por sus seguidores liberales, especialmente cuando empezó a desafiar a las formas económicas de discriminación, cuyo acto exigió de los liberales, y ya no nada más de los racistas anglos sureños, que se sacrifiquen. También King fue un radical. No claudicaba respecto a la no violencia, el racismo o la justicia. Él entendía que los movimientos—como el Partido de la Libertad, que luchó contra la esclavitud, los sufragistas, que lucharon por los derechos de la mujer, el movimiento obrero y el movimiento de los derechos civiles—siempre han sido los verdaderos correctivos en la democracia estadunidense. Ninguno de estos movimientos jamás logró el poder político formal. Pero comprometiéndose con imperativos morales hicieron que los poderosos les temieran. King sabía que la igualdad racial era imposible sin la justicia económica y el fin del militarismo. Y no tenía ninguna intención de ceder a las exigencias del establishment liberal que le hacía llamados a la calma y la paciencia.  

“Durante años, debatí con la idea de reformar a las instituciones existentes en el Sur, un poco de cambio aquí, un poco de cambio allá,” dijo King un poco antes de ser asesinado. “Ahora mis sentimientos son muy distintos. Pienso que se necesita una reconstrucción del sistema entero, una revolución de valores”.

King fue acribillado en 1968 cuando estaba en Memphis para apoyar a una huelga de los trabajadores de los servicios sanitarios. Para entonces él había empezado a decir que su sueño, el mismo que el estado corporativo ha helado en unos cuantos clichés inofensivos de su discurso de 1963 en Washington, se había vuelto en una pesadilla. Al final de su vida, King hizo un llamado para un enorme fondo federal para reconstruír los cinturones de la pobreza, lo que él llamó “una radical redistribución del poder económico y político”, una total reestructuración de “la arquitectura de la sociedad estadunidense”. Él captó que las inequidades del capitalismo se habían convertido en el instrumento mediante cual los pobres permanecerían siempre pobres.   

“Llámenle democracia, o llámenle socialismo democratico”, dijo King, “pero debe haber una mejor distribución de la riqueza dentro de este país para todos los hijos de Dios”.

En la víspera del asesinato de King él se estaba preparando para organizar una marcha de la gente pobre en Washington D.C., diseñada para provocar “importantes, enormes dislocaciones”, una exigencia no violenta de los pobres, incluyéndo a la subclase blanca, por un sistema de igualdad económica. Pasarían 43 años hasta que su visión fuera realizada por un ecléctico grupo de manifestantes que se reunió ante las puertas de Wall Street.  

La verdad sobre Estados Unidos sólo se entiende cuando escuchas a las voces dentro de nuestros empobrecidos enclaves rurales, prisiones y barrios urbanos, cuando escuchas a las palabras de nuestros desempleados, aquéllos que han perdido sus hogares o no pueden pagar sus cuentas médicas, nuestros ancianos y nuestros niños, especialmente el un cuarto de los niños del país que depende de vales de comida para comer y de cualquiera que esté marginado. Hay un mejor sentido de la realidad de la experiencia estadunidense con los jóvenes cargados con deuda manifestándose en los parques que en todo el palabrerío de los bien-pagados expertos que contaminan las ondas de radio.

¿Qué clase de nación es la que gasta mucho más para matar a enemigos combatientes y civíles afganos e iraquíes que para ayudar a sus propios ciudadanos que apenas tienen el mínimo necesario para vivir? ¿Qué clase de nación es la que le permite a las corporaciones tomar a niños enfermos como rehénes mientras sus papás fránticamente se declaran en bancarrota tratando de salvar a sus hijos e hijas? ¿Qué clase de nación es la que bota a sus enfermos mentales sobre rejillas de calefacción en la calle? ¿Qué clase de nación es la que abandona a sus desempleados mientras saquéa a su tesorería en nombre de los especuladores? ¿Qué clase de nacion es la que ignora el debido proceso para torturar y asesinar a sus propios ciudadanos? ¿Qué clase de nación es la que se niega a detener la destrucción del ecosistema por la industria del combustible fósil, condenando a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos?

“América”, escribió Langston Hughes, “jamás fue América para mí”.

“El voto negro signifíca [nada]”, entona el rapero Nas. “¿A quién vas a elegir/ a Satanás o a Satanás?/ En el barrio nada está cambiando/ No tenemos opciones”.

O escucha al artista de hip-hop Talib Kweli: “En los sesenta, hubo un gran impulso por los políticos…negros, y ahora tenemos más que nunca, pero nuestras comunidades están tanto peor. Mucha gente murió para que nosotros votáramos, estoy consciente de esa historia, pero éstos políticos no están en contacto con la gente para nada, todo es una ilusión”.

En una democracia tradicional, capitalista la clase liberal funciona como una válvula de seguridad. Deja escapar suficiente vapor para mantener al sistema intacto. Hace posible a la reforma paulatina. Esto es lo que sucedió durante la Gran Depresión y el New Deal. La más grande hazaña de Franklin Delano Roosevelt fue salvar al capitalismo. Y en una funcionante democracia capitalista los liberales están simultáneamente encomendados con desprestigiar a los radicales, ya sea a King, especialmente después de denunciar a la guerra en Vietnam, o después, a Noam Chomsky o Ralph Nader.

La estupidez del estado corporativo es que pensó que podía prescindir de la clase liberal. Pensaba que podía cerrar la válvula de seguridad para saquear y hurtar sin impedimento alguno. El poder corporativo olvidó que la clase liberal, cuando funciona, le da legitimidad a la élite del poder. Y la reducción de la clase liberal en patéticos cortesanos, que no tienen nada qué ofrecer más que discursos vacíos, significó que el descontento en aumento encontró otros mecanismos y salidas. Los liberales fueron reducidos en monitos de palitos, elenco en una intrincada pantomima, mientras actuaron dentro de simulacros para dar legitimidad al inútil y sin-sentido teatro político. Pero ese juego se acabó.

La historia humana ha demostrado ampliamente que una vez que aquéllos en el poder se vuelven redundantes e impotentes, y aún así retienen los privilegios del poder, son brutalmente desechos.

La clase liberal, que insiste en aferrarse a sus puestos de privilegio y al mismo tiempo se niega a desempeñar su papel tradicional dentro del estado democrático, se ha vuelto en una inútil y despreciada extremidad del poder. Y mientras los motores del poder corporativo contaminan y envenenan al ecosistema y nos conducen hacia un mundo donde sólo habrá amos y siervos, la clase liberal, que carece de causa en la nueva configuración, está siendo abandonada y desechada por ambos el estado corporativo y los disidentes radicales. No puede hacer nada más que adherirse dócilmente a la nueva configuración política que surge para reemplazarla.
Una clase liberal ineficiente signifíca que no hay esperanza de una corrección o de un reverso por medio de los mecanismos formales del poder. Asegura que la frustración y el coraje que siente
la clase obrera y media ahora encontrará su expresión en éstas manifestaciones que yacen fuera de los confines de las instituciones democráticas y las cortesías de una democracia liberal. Castrando a la clase liberal, que antaño aseguró que los ciudadanos inquietos puedan instituír reformas moderadas, el estado corporativo ha creado un sistema cerrado definido por la polarización, el embotellamiento y las farsas políticas. Le ha quitado el barniz de virtud y bondad que le imbuía a la élite del poder la clase liberal.

Las instituciones liberales, incluyéndo a la iglesia, la prensa, la universidad, el Partido Demócrata, las artes y los sindicatos, establecieron los parámetros de una limitada auto-crítica dentro de una democracia funcionante así como para pequeñas e incrementales reformas. La clase liberal tiene permiso para denunciar a los peores excesos del poder y abogar por fundamentales derechos humanos mientras que al mismo tiempo dota a los sistemas del poder de una moralidad y una virtud que no poseen. Los liberales se proponen como la conciencia de la nación. Nos permiten, por medio de su súplica por las virtudes públicas y el bien común, vernos a nosotros mismos y a nuestro estado como básicamente bueno.

Pero la clase liberal, por haberse rehusádo a cuestionar a las promesas utópicas del capitalismo y la globalización desencadenada y por haber condenado a los que sí lo hicieron, se amputaron de las raíces del pensamiento creativo y osado, las únicas fuerzas que podían haber evitado que la clase liberal se fusione totalmente con la élite del poder. La clase liberal, que simultáneamente fue traicionada y se traicionó a sí misma, ya no tiene ningún papel por desempeñar en la batalla entre nosotros y el dominio corporativo. Ahora cualquier esperanza está con los que están en la calle.   

Los liberales carecen de la visión y la fortaleza para desafiar a las ideologías dominantes del mercado libre. No tienen alternativas ideológicas y el Partido Demócrata traiciona abiertamente a cada principio que la clase liberal asegura apoyar, desde la asistencia médica universal hasta un final a nuestra economía de guerra permanente hasta una reivindicación por una educación pública asequible y de calidad hasta la restauración de las libertades civíles hasta una demanda por trabajos y asistencia social para la clase obrera. El estado corporativo obligó a la clase liberal a unirse a la marcha hacia la muerte de la nación que comenzó con la presidencia de Ronald Reagan. Los liberales como Bill Clinton, por dinero corporativo, aceleraron el desmantelamiento de nuestra infraestructura manufacturera, el destripe de nuestra dependencias reguladoras, la destrucción de nuestros programas de servicio social y la facultación de los especuladores que han desbaratado nuestra economía. A la clase liberal, despojada del poder, sólo le quedo retirarse hacia sus atrofiadas instituciones, en donde se entretuvo con el activismo de boutique de lo políticamente correcto y adoptó posturas que anteriormente condenó.   

Russell Jacoby escribe: “Antaño la izquierda descartó al mercado por explotador; ahora honra al mercado por racional y humano. Antaño la izquierda desdeñó a la cultura de masas por explotadora; ahora la celebra por rebelde. Antaño la izquierda honró a los intelectuales independientes por valientes; ahora adopta un aire despectivo hacia ellos por elitistas. Antaño la izquierda rechazó al pluralismo por superficial; ahora le rinde culto por trascendente. Estamos viendo no sólo la derrota de la izquierda, sino tambien su conversión y quizás su inversión”.   

La esperanza en ésta época del capitalismo en bancarrota está con la reapropiación del lengüaje del conflicto de clases y de la rebelión, un lengüaje que se ha purgado del léxico de la clase liberal, un lengüaje que define a este nuevo movimiento. Esto no signifíca que tenemos que estar de acuerdo con Karl Marx, quien abogó por la violencia y cuya veneración del estado considerándolo un mecanismo utópico condujo a otra forma de esclavitud para la clase obrera, pero necesitamos que aprender a hablar con el vocabulario que empleó Marx. Tenemos que captar, como Marx y Adam Smith lo hicieron, que a las corporaciones no les importa el bien común. Éstas explotan, contaminan, empobrecen, reprimen, matan y mienten para ganar dinero. Echan a familias de sus hogares, dejan que los que carecen de seguro médico mueran, hacen guerras inútiles para obtener ganancias, envenan y contaminan al ecosistema, eliminan programas de asistencia social, destripan a la educación pública, destrúyen a la economía global, saquéan a la Tesorería de EU y aplastan a cualquier movimiento popular que exija justicia para los obreros y las obreras. Rinden culto al dinero y al poder. Y, como Marx sabía, el capitalismo desencadenado es una fuerza revolucionaria que cada vez consume mayor número de vidas humanas hasta que por fin se consume a sí mismo. La zona muerta en el Golfo de México es una metáfora perfecta para el estado corporativo.  Es parte de la misma pesadilla que se experimenta en los pueblos post-industriales de Nueva Inglaterra y en las abandonadas fábricas de acero de Ohio. Es una pesadilla que los iraquíes, pakistaníes y afgános viviendo en el terror y llevando luto por sus muertos, soportan a diario.

Lo que sucedió temprano el viernes por la mañana en el Parque Zucotti fue la primera salva en una larga lucha por la justicia. Señaló un retroceso para el estado corporativo ante la presión popular. Y fue realizado por hombres y mujeres ordinarios que duermen en la noche sobre concreto, se empapan durante tormentas, comen víveres donados y en cuanto a armas carecen de todo excepto su dignidad, garra y coraje. Son ellos, y sólo ellos, quienes mantienen la posibilidad de una salvación. Y si nos les unimos quizás tengamos una oportunidad.

Chris Hedges es ganador del Premio Pulitzer por su colaboración en el equipo del New York Times que reportó sobre la Guerra Global Contra el Terrorismo. Fue corresponsal de guerra durante casi veinte años. Reportó las guerras civiles de centroamérica, la Operación Desert Storm y la guerra en los Balkanos, entre otras. Habla árabe, francés y español y sabe griego y latín antiguo. Es egresado con maestría del seminario Harvard Divinity School. Más recientemente es autor de más de media docena de libros, su más reciente, La muerte de la clase liberal(inglés), y su más celebrado, La guerra es un fuerza que nos da significado(inglés).